La odisea del matrimonio igualitario

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En estos días hay dos temas esenciales en el debate nacional y mundial que se suscriben en la lógica del liberalismo: a) La estrecha relación entre la pobreza y nuestro sistema económico voraz y fallido; y, b) Los matrimonios homoparentales y, como consecuencia de los mismos, la adopción de niños por parte de estas nuevas familias.

No escribo estas letras con el fin de hablar del primer tema. Es claro que el sistema neoliberal es una máquina de pobres y que algo debe pasar para que esto cambie, quizás encaminarnos hacia una economía social de mercado. Nunca hacia el estatismo, que ha sido más voraz, empobrecedor y funesto para los individuos y las naciones que el sistema neoliberal, pero lo que es un hecho es que se debe impedir que esa fuerza indescriptible que tiene el mercado (de la que hablaba Max Weber) se imponga a todos los demás poderes existentes.

Tampoco busco con estas líneas entrar al debate de la autenticidad de las posturas del liberalismo o al de su evolución. Mucho menos busco llegar al extremo de decenas de autores de la actualidad, que no hallan lógica alguna en políticas públicas que, dentro de sus parámetros muy rígidos, no tengan retorno social. Para mí Vargas Llosa describió perfectamente el ideario liberal al decir: “Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada”. (“Liberales y liberales”, dentro de su columna “Piedra de Toque”, en El País, España, publicada el 25 de enero de 2014)

Dicho lo anterior, es evidente que el tema que me ocupa es el de las sociedades de convivencia entre personas del mismo sexo y/o matrimonios gays. La Corte hace un mes y medio avaló dos temas fundamentales en la esfera de derechos, el primero, declaró la constitucionalidad de los matrimonios entre personas del mismo sexo y, en una segunda resolución, avaló la adopción de niños y niñas por parte de familias homoparentales. La Corte dota – con estas sentencias – a las personas que se unan bajo estos tipos de regímenes, los mismos derechos que a las personas heterosexuales casadas o unidas en concubinato. Además tutela el derecho de los menores a tener una familia, sin importar la preferencia y/o condición sexual de los adoptantes.

Desafortunadamente estos grandes avances están encontrando una gran resistencia en las legislaturas de los estados, pues son éstas las encargadas de incluir este tipo de uniones en sus códigos civiles. Detenida por ignorancia, por dogmas, por intolerancia y por poderes ajenos al poder político, el matrimonio gay busca aliados en la razón y en la tolerancia. La preferencia y/o condición sexual de las personas no debe ser obstáculo para que todos gocen de los mismos derechos.

El reconocer estas uniones sirve para que todas las personas que hacen vida en común y establecen lazos de amor, comprensión, respeto y comunicación, gocen de las garantías mínimas a la que tenemos derecho los seres humanos, mismas que hoy solamente gozamos las personas heterosexuales. Con este reconocimiento la Corte le da a las parejas homosexuales el derecho a tener una pensión, servicios de salud, el derecho a heredar, entre otros.
Por otro lado, diversos estudios científicos avalan la idea de que la orientación sexual de los padres no es una limitante para el óptimo desarrollo y formación de los menores y atestiguan que los niños criados por padres o madres homosexuales o por parejas homoparentales presentan en la vida adulta un desarrollo igual al de los niños criados en entornos de parejas heterosexuales. En Colombia, por ejemplo, los magistrados de la Corte Constitucional ordenaron al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) hacer un estudio referente a “los efectos que podría tener para el desarrollo integral de un menor el hecho de ser adoptado por una pareja del mismo sexo” (estudio que retomó otros 320 estudios hechos en todo el Mundo sobre el tema), llegando, entre otras, a las siguientes conclusiones: a) Los hogares homoparentales dan las garantías suficientes para los menores; b) No hay evidencias para pensar que este modelo familiar es menos adecuado que el heterosexual; c) Las parejas gays tienen una mejor relación afectiva con sus hijos e hijas que los padres heterosexuales; d) Las parejas gays inculcan en mayor medida valores como la tolerancia y el respeto a los demás; e) La orientación sexual de los niños y su desarrollo como personas no se ve afectado porque crezcan con parejas del mismo sexo; f) No existen diferencias en el desarrollo cognitivo de los niños criados por parejas heterosexuales que en niños criados por parejas homoparentales; g) Las agresiones sexuales en contra de menores se producen en su mayoría por parte de familiares heterosexuales; y, h) El Estado debe proveer a los niños las condiciones para tener una familia, sin importar la orientación sexual de los padres.imageHoy solamente el Distrito Federal, Coahuila y Quintana Roo permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo. En Oaxaca el 22 de marzo de 2013 se efectuó el primer matrimonio homoparental de la entidad, tras una resolución de amparo, posteriormente pasó lo mismo en Michoacán y Jalisco y estados como Colima y Nayarit han establecido la existencia de sociedades de convivencia en sus códigos civiles (fue el caso nayarita el que derivó en estas sentencias de la Corte). Sin embargo, varios estados no han salido del oscurantismo y las diversas bancadas se oponen, básicamente por dogma y cerrazón, a permitir este tipo de uniones, como ya lo mencionamos.

En el Estado de México, donde el 5 de septiembre pasado cambió la legislatura, el tema está congelado, a pesar de existir dos propuestas en la mesa. Casi a fines de la legislatura pasada, el entonces Coordinador de los diputados priístas y Presidente de la Junta de Coordinación Política, Alfonso Arana, advertía que “sólo con el consenso de las asociaciones religiosas, la Legislatura mexiquense aprobará los matrimonios gays”, anteponiendo el dogma religioso, que al respeto a la esfera de derechos de todos los ciudadanos mexiquenses. Esto deja un enorme reto para la legislatura actual, debatir un tema que tiene muchas aristas, detractores y seguidores, que enfrenta al dogma religioso con la esfera de derechos de los ciudadanos, que polariza y del que muchos grupos de poder fáctico se oponen de modo rotundo, pero que enarbola valores como la tolerancia, el respeto y la igualdad.

Desde los tiempos primitivos, donde imperaba la promiscuidad y no había distingo de parentesco, pasando por la horda y el clan, hasta que surgió la familia como organización, el ser humano ha tenido un núcleo unificado por lazos consanguíneos y valores comunes. Aun en núcleos familiares poligámicos, los que hoy consideraríamos poco convencionales, como los de la familia punalúa y la sindiásmica, los seres humanos que tejían estos lazos afectivos tenían un correcto desarrollo cognitivo y un desarrollo pleno en la vida adulta. Pero, sin duda, el ser humano encontró en la familia monógama un núcleo más sólido para el desarrollo de los menores, pues en él se generan mayores apegos.

Independientemente a lo anterior, muchos tipos de familias subsisten a pesar del predominio de la familia monógama. En algunas regiones de Oriente existen familias polígamas y al hombre se le permite tener cuantas mujeres puedan mantener. Irónicamente, el desarrollo de los menores que nacen en estos entornos familiares es bastante normal, siempre y cuando se fortalezcan los lazos afectivos. A la par de esto, vemos que existen muchas familias uniparentales, binucleares y reconstruidas, donde los padres y las madres solteras se encargan del hogar, donde aún separados o roto el lazo conyugal, éstas conviven en el mismo techo y en las que dos familias se constituyen en una, tras un nuevo matrimonio. En estos subtipos de familia se ha comprobado existen mayores posibilidades de disfuncionalidad y no por eso ha sido señalados o prohibidos por la ley; pues también es cierto que en todas estas variantes de la familia monógama hay una constante, en aquéllas donde el amor, el respeto, los valores, la comunicación y el entendimiento imperan, los fines de esta institución se cumplen, sin importar sus circunstancias.

Si dentro de toda esta diversidad de familias (tipos y subtipos) el amor y los valores sacan a flote a la institución familiar, sin importar sus características específicas, me pregunto: ¿Qué impedimento existe para permitir que las familias homoparentales subsistan, sean reconocidas y protegidas por nuestras leyes? Recordemos, por otra parte, que la familia homoparental es una realidad social. Miles de niños y niñas en nuestro país y en el Mundo son cuidados, amados, educados, escuchados y formados por padres y madres homosexuales, ya sea solos o en pareja, y la evidencia científica, como ya lo expusimos, no demuestra que exista una diferencia substancial entre el cuidado a un niño por parte de padres heterosexuales u homosexuales. Entonces: ¿Por qué no adecuar nuestro marco normativo a esta realidad? ¿No nació el derecho civil para normar la vida del hombre en sociedad y adecuarse a los cambios y realidades existentes?

Es ilógico pensar que las familias homoparentales tomarán el lugar de las familias convencionales, puesto que este fenómeno ya existe y no ha puesto en riesgo su existencia. Por lo antes expuesto, considero que es realmente triste ver expresiones como la del 27 de julio en Guadalajara, donde miles y miles marcharon en contra de que a las parejas homosexuales se unan en matrimonio y adopten. Lo anterior rompe con toda lógica, ya que por lo general las personas luchan por la igualdad de derechos y no por la anulación de los derechos de un colectivo o minoría. Yo me pregunto: ¿Luchar en contra de que se legalicen este tipo de uniones es en realidad defender a las familias? ¿Las familias homoparentales son quienes destrozan a nuestras familias o es la desunión familiar, provocada por males como la violencia y el machismo? ¿No pueden ser las familias homoparentales bien integradas aliadas de nuestra sociedad en la impartición de valores y buenas costumbres?

Sin duda la única limitante para cuidar y hacer de un hijo o una hija un hombre o mujer de bien es la falta amor y de respeto. Ni el amor, ni el respeto y ni la comprensión se entregan en menor o mayor medida e intensidad por la preferencia y/o condición sexual de los padres. Luchemos por una sociedad más justa, donde los derechos de todos por igual sean respetados.

David Agustín Belgodère
Twitter: @BogusBelgodere

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